Dicen que las buenas esencias se guardan en frascos pequeños: un olor de la fragancia de tu madre, un recuerdo imborrable, el sabor de aquel guiso familiar, el abrazo de tus abuelitos, la risa desdentada de tu infancia, la magia de la inocencia de la noche de Reyes, el aroma a azahar del roscón y un chocolate bien caliente compartido con tus primos.

La esencia de la ilusión, es aquella que tuviste al abrir los ojos y ver que a la mesa estaban todos a pesar de las rencillas, que los chistes se repetían, pero te encantaba oírlos en boca de aquel tío plomizo, que el olor a asado impregnaba tu ropa mientras esperabas ansioso a que a la mañana siguiente los regalos aparecieran como por arte de magia.

Guardaste como el tesoro más preciado en tu memoria aquella Nancy, la nave de los Gi-joe, el Scalextric, un futbolín o el fuerte de los clicks de Famobil y nada podría hacerte olvidar aquella sensación.

Aún recuerdas que allí no había smartphones para despistarse de las conversaciones comprometidas, que lo más parecido eran aquellos Walkie Talkies blancos con botones naranjas que sonaban a Darth Vader.

Recuerdas que entonces nadie ponía los villancicos en You Tube si no que tu tía sacaba la pandereta animándote a cantar hasta que los peces en el río ya estaban borrachos de beber y beber.

Aún podías excusarte llegando tarde a las celebraciones familiares porque no había ningún Waze que te indicase el camino a casa. Y recuerdas con nostalgia como eran las navidades sin Amazon recorriendo las tiendas del barrio para ultimar algunas compras navideñas «in extremis» con el Brumel de turno o el Azur de Puig.

Las uvas siempre eran con pepitas, no venían en lata y tu madre te ayudaba a quitarlas una a una a contrarreloj para ver las campanadas sin más opciones que dos cadenas de televisión.

Las fotos de familia eran espontáneas, con los gestos, con las risas, despeinados, con los bigotes del langostino Rodolfo, con los gorros de Papa Noel, con los coloretes de la sidra…

Era la magia de las fotos sorpresa hasta su revelado, nadie las repetía una y otra vez para colgar la foto perfecta en Instagram.

Y después de las campanadas no te quedaba más remedio que jugar al bingo, al Monopoly o al Twister en familia porque aún no estabas enganchado a ninguna serie de Netflix. Y tenías la certeza de que tu abuelo había ganado el quesito del Trivial sin consultar al sabelotodo de Google.

Recuerdas con añoranza que de madrugada volvías con tus cinco primos apiñados en el coche porque nadie de Uber venía a buscaros ni sabíais lo que era el Car sharing…

Las buenas esencias se guardan en frascos pequeños como aquel trocito de la estampa de tus navidades pasadas: sin tecnología, sin ecommerce, sin entretenimientos adicionales más que el de tu propia familia, sin televisión a la carta pero con mucha imaginación y mucha magia.

Por eso, desde Optima Solutions deseamos que guardes esa esencia en un botecito de cristal y lo abras cada navidad para que nunca olvides lo realmente importante.

Tú y los tuyos.

¡Felices Fiestas!

 

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